- ¿Cómo sabías que iba a estar acá? - Exclama Ian.
- Fue fácil encontrar este lugar. Vos lo construiste. - Dice la muchacha, y al ver el rostro conmocionado de Ian, continúa diciendo: ESTO, que estás viendo ahora, es TU mente,- abriendo sus manos y revoleando sus ojos.- y yo supe a dónde encontrarlo porque en este preciso lugar compartimos un espacio. Debido a que no hay nada del cuerpo que pueda identificarse como mente, uno le inventa un lugar, lo llena de objetos, cosa que no es menor, porque estos objetos representan algo de nosotras mismas.
- Pero no logro comprender. - Titubea Ian, tocándose la cabeza con una de sus manos. - Haz dicho que este lugar simboliza mi mente, ¿cómo es posible que cada objeto que aquí se encuentre represente algo tuyo también?
- Porque somos la misma persona. ¿No te diste cuenta de eso?.- Afirma la muchacha.
- ¡Sí, por supuesto que me di cuenta! Pero mencionaste que es "mi mente" y no "nuestra mente". ¿Qué me decís de eso? - Exclama en tono desafiante Ian.
- ¿Quién ha entrado aquí hace algunos minutos atrás? - Pregunta la muchacha a Ian.
- Vos. - Responde con firmeza Ian.
- Exacto. Yo entré aquí e irrumpí en esto, que es tu mente. Vos ya estabas presente. Eso debería responder a tu pregunta. - Exclamó la muchacha y continúa diciendo: ya que las dos estamos aquí, ambas podemos llenar el lugar de objetos con simplemente deseos. ¿Qué es lo que más deseas en este momento?
- ¿Y qué es lo que vos más deseas?. - Le retruca Ian
La muchacha piensa un momento. Cierra los ojos con fuerza como si estuviera respondiendo la pregunta de Ian para sí misma. De pronto, de una manera casi inevitable, afuera comienza a llover. Ian, corre hacia una ventana, mira unos segundos y vuelve a la muchacha, quien comienza a llorar. La observa con tristeza y como si estuvieran conectadas emocionalmente de forma perfecta, Ian también empieza a llorar. Empezó a sentir cómo las lágrimas recorrían sus mejillas, bajando hasta sus labios acompañadas de la sal, cómo el pecho se le oprimía incansablemente al ritmo de cada latido de su corazón. Sus manos se juntaron con las de la muchacha como si quisieran finalmente encontrarse. Y la mirada de la muchacha subió, hasta toparse con los ojos de Ian. La lluvia paró.
- Deseo algo que no quiero. - Dice la muchacha.
- ¿No es desear igual a querer? - Le pregunta Ian.
- Para nada, lo queremos no tiene por qué coincidir con lo que realmente deseamos. Desear implica la falta de algo, en cambio, queremos algo que implica presencia. Deseamos algo que no tenemos, queremos algo que sabemos que existe. Igual mi deseo no tiene que ver con el hecho de querer, dado que justamente es algo que no quiero en absoluto.
- ¿No querés porque tenés miedo?
- Supongo que sí.
- Entiendo. Yo tengo miedo de salir por esa puerta, y es algo que no quiero hacer. Y no lo desearía jamás.
- Es algo que tenés que hacer. Yo no voy a estar por mucho tiempo, pero te reitero que va a ser suficiente para que entiendas cómo es allá afuera.
Ian mira hacia la ventana y suspira como si algo le faltara. La confusión que sentía era inmensa que pensaba que sus preguntas para la muchacha eran interminables y que, además, ni la mitad de las respuestas iban a calmar el huracán dentro de su cabeza.
- Deseo poder entender qué es lo que pasa. - Exclama Ian con una profunda opresión en su voz.
De pronto se cierra la puerta detrás de ellas y una voz masculina que entra exclama con claridad:
- CONCEDIDO...............
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